Le refuge (Ozon, 2009): A muchos les dio en su momento por decir que Ozon era el Almodóvar francés, pero si algo ha demostrado este prolífico director es que lo suyo no es el folclor sino una búsqueda estilística y temática interesante. Lo que en el manchego es muletilla y mucha pretensión, en Ozon es mucha pretensión y poca muletilla. En Le Refuge su planteamiento cuasi-filosófico se emparenta con Le temps qui rest (2005), sólo que esta vez el personaje principal es una mujer descontenta con los designios de su género, aunque más o menos igual de antipática que el Romain egocentrista y megalómano de aquella. Mousse (Isabel Carré) es una heroinómana embarazada que ve la vida pasar sin estar nunca satisfecha de nada y que decide tener al bebé de su novio muerto en una sobredosis sólo por curiosidad, para luego endilgárselo al cuñado gay (Louis-Ronan Choisy) con el que tiene un connato de romance. El juego de transferencias y guiños tan recurrente del director y esa fijación con la procreación presente en sus últimas películas debería ser una muestra de madurez, pero se intuye mucho más un pasmo ante una realidad abrumante y un ser humano sin pista alguna.
El infierno (Estrada, 2010): A pesar que las películas de Luis Estrada tienden a estar condenadas al envejecimiento prematuro por aquello de que la realidad rebasa por mucho a la ficción, esta última entrega de su proyecto satírico de la realidad mexicana contemporánea resulta ser la mejor lograda. Por encima de La Ley de Herodes (1999) y Un Mundo Maravilloso (2006), El Infierno crea personajes que son arquetipos pero con un nivel de humanidad que rebasa la broma de trazo grueso. Demián Alcázar reafirma su estatus de gran actor y es rodeado de un reparto que está en su punto, desde la putita rural hasta el político mafiosazo por partida doble, un Ernesto Gómez Cruz hilarante acompañado por una María Rojo grandiosa en su autosátira y un Joaquín Cosio colosal a punto de robarse la película con su Cochiloco. La película y su retrato de la narco-realidad mexicana no podía ser más oportuno y el hecho de que la sátira cinematográfica sea el nuevo costumbrismo no debería enorgullecernos, pero al menos el arte va de gane en este caso.
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